Hermana Elizabeth Marisol Cruz Pérez

El Dios que llama, acompaña y espera.

Esa es la experiencia de Dios en mi llamado a la vida y a la vocación religiosa como Hermana de la Caridad del Verbo Encarnado. Mi llamado vocacional está marcado por el proceso de fe, el acompañamiento de Dios por medio de las personas que han estado conmigo siempre como mi familia, la Congregación, amigos y personas que me han enseñado ternura, perdón, amor, esperanza, y hasta el mismo dolor de Dios que sigue sufriendo en su pueblo.
 
La primera atracción que sentí a la vida religiosa fue cuando tenía 14 años, conocí una Congregación que se dedica a la educación integral de la mujer. Debido a mi edad nunca fui invitada a un encuentro vocacional; sin embargo por primera vez me di cuenta que había un estilo de vida diferente a lo que era común en mi ambiente y del cual me ilusioné. 
 
Por medio de mi abuela, las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado se enteraron de mi deseo, y un año después recibí la visita de Hermana Juana Margarita, quien también hizo énfasis en mi edad, sin embargo me invitó a encuentros vocacionales. Después de un año de experiencia como estudiante, terminó esa ilusión de ser religiosa. Siete años después nuevamente empezó la comunicación con algunas de las Hermanas y un año más tarde, inicié el proceso de afiliación en la Congregación.
 
En el 2003, profesé mis primeros votos. Fui enviada a misión en El Amparo de San José, Huehuetenango, Guatemala. Conocí a personas que tocaron mi sensibilidad, me hicieron valorar más mi vida y aprendí a escu-char aunque la persona que no puede comunicarse verbalmente. Esa experiencia de Dios en mi vida cambió mis actitudes y formas de pensar. A finales del 2005 fui enviada a misión al Convento María y José, Santa Cruz Quiche, Guatemala. Mi apostolado fue en la pastoral juvenil, una realidad muy diferente a la que había tenido en mi apostolado anterior. Trabajar con jóvenes fue otro reto muy grande para mí, ellos me exigieron mucha energía, información y por supuesto formación. Pude conocer la realidad juvenil, de la parroquia, las luces y sombras que la juventud ofrece a la sociedad y la Iglesia. En el 2009, tuve la oportunidad de prepararme para los votos perpetuos, lo cual me llevo a otro ambiente cultural y más amplio de la Congregación. Compartir con Herma-nas ancianas y jóvenes de culturas diferentes a la mía, me ayudó a profundizar en las raíces de la Congregación y las huellas de Dios a través de la historia de la humanidad. La comunidad a la que pertenecí en ese año, nos llevó a conocer parte de la historia, huellas y presencia del espíritu misionero de Claudio María Dubuis y nuestras Hermanas. 
 
Ese tiempo de profundizar mi llamado y respuesta a la vida religiosa me hizo recordar algunos momentos significativos de mi historia personal. Pude reconocer la presencia de Dios acompañándome y guiándome para este momento de mi vida. Un Dios algunas veces silencioso y otras veces muy presente, sin embargo allí estuvo esperando una libre respuesta de amor y entrega a la invitación que recibí en el bautismo. El me recordó mi primera atracción a la vida religiosa de la cual quería escapar, pero El muy pacientemente supo esperar por el momento justo y adecuado en el cual yo estaba dispuesta a dar un sí libre y voluntario.
 
El 5 de enero, 2010 fue el día de mi Profesión Perpetua y Dios estaba allí acompañándome por medio de las Hermanas, mi familia y amigos que llegaron desde muy lejos para ese momento especial en mi vida. La presencia de Dios se manifestó en la alegría de los invitados, las flores, la música, la comida y todo el ambiente de fiesta de ese día.
 
Estoy agradecida a Dios por llamarme a la vida, a esta vocación y especialmente a esta Congregación. Este paso lo he dado muy consciente de la presencia de Dios en mi vida y la compañía de muchas Hermanas que entregaron su vida a Dios por medio de la misión de la Congregación. Hoy más que nunca escucho el llamado de fundación del Obispo Claudio Dubuis y creo en las palabras de Dios a Su pueblo diciendo, “Yo estaré contigo todos los días de tu vida”.
 
¡ALABADO SEA EL VERBO ENCARNADO!