Nací en Port Arthur, Texas y fui bautizada Lucille Cuccia. Fui una de nueve hijos. Mi madre también crió a otra niña que vino a nuestra familia siendo bebé. La mamá de la bebé fue la hermana de mi mamá y había muerto de cáncer. Fue maravilloso tener una hermosa bebé en la casa y poder cuidarla.
Después de graduarme de la preparatoria, trabajé como cajera en la Botica del Hotel Sabine en el centro de la ciudad. Ya que era Puerto, esperábamos con ansias el negocio que ocurriría cuando llegaban los barcos. Los hombres venían a comprar sus cigarros, cigarrillos y cualquier otra cosa que necesitaban. En el segundo piso del hotel, también tenían juegos de azar. A veces los hombres venían con grandes fajos de dinero para pagar por sus cigarros.
Había un hombre en particular que era muy amable y amistoso y acostumbraba comprar sus cigarros conmigo. Siempre estaba sonriendo y me decía que siempre tuviera su marca favorita de cigarros. Yo le decía que yo era la que ponía las órdenes y que me aseguraría que tuviéramos una buena cantidad de su marca. Yo no sabía que nuestros caminos se cruzarían de nuevo años más tarde.
Después de trabajar tres años en la botica, entré en la Escuela de Enfermería del Hospital St. Mary en Port Arthur que era operado por la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, Houston, Texas. Fue cuando pude ver a las Hermanas en acción y ser testigo del cuidado compasivo que mostraban a todos y cada uno de los pacientes. Yo quería emular ese espíritu de cuidado. Casi me obsesionaba.
Me conmovía también la manera en que las Hermanas rezaban en el espacio sagrado de la capilla, y la maravillosa manera que trataban a las estudiantes de enfermería. Me asombraba verlas caminar por los pasillos.
Si no podía hacer una tarea, las Hermanas me ayudaban con mucho entusiasmo. Cuando le preguntaba algo a una Hermana, su respuesta siempre era muy personal, siempre dándolo todo. Y cuando se trataba de cuidar a los pacientes, era como que pudiera ver sus manos siendo sagradas…tocando a los pacientes enfermos. Yo ansiaba hacer eso.
Cuando era estudiante de enfermería, me asignaron un paciente al cual recordaba de mis años cuando trabajaba en la botica. El era ese hombre amable que siempre me pedía la misma marca de cigarros. Se estaba muriendo de cáncer. Casi no podía llevar a cabo la tarea de cuidarlo. Me encontraba a mi misma al lado de su cama rezando. No podía mirarlo, pero cuando lo hacía, podía escuchar una voz diciendo, “Ven, sígueme.” Yo no sabía que mi viejo amigo era la voz de Dios.
Mucho antes de que supiera el llamado de fundación de nuestra Congregación, “Nuestro Señor Jesucristo, sufriendo en las personas de una multitud de enfermos y necesitados de toda condición, busca alivio en sus manos”, yo ya la sentía. Mi entrada a esta Congregación estaba destinada a ser.
Le hablé a una de las Hermanas en el hospital sobre ser una Hermana, y ella me dio ánimos. Me dijo que era una vida hermosa.
Decidí ser Hermana y me dirigí a Houston. Es allí en donde está Villa de Matel, la Casa Matriz de la Congregación. Tomé el Autobús Greyhound y luego un taxi. Madre Cecilia O’Dea vino a la sala para saludarme y me dijo que las cosas no funcionaban así. Tenía que aplicar por medio de una carta. Entonces, regresé a casa. El mismo taxista me llevó a la estación de autobús.
Escribí la carta y me aceptaron. Eso fue en 1953. Al mismo tiempo, Paulette Shaunfield, una técnica de laboratorio en el hospital, escuchó que yo iba a entrar al convento y me dijo que ella iba a hacer lo mismo. Cuando llegó el tiempo para que fuéramos a la Villa, fuimos juntas. Mi madre vino con nosotras.
Hnas. Eucharista Murphy, Christine Ryan y Malachy (Rebecca) Shannon vinieron con nosotras; estábamos muy apretadas en el carro. Cuando llegamos, manejamos a la parte de atrás de la Villa por el gran árbol de magnolia que todavía existe. Es un hermoso árbol con grandes flores blancas. Vi el porche largo en la parte posterior de la Villa con las mecedoras. Yo no sabía que iba a amar ese porche donde me podía sentar y meditar.
Paulette y yo teníamos nuestra ropa seglar, y nos llevaron a ponernos el hábito negro de postulantes. Cuando regresamos a la sala, mi madre me vio y empezó a llorar. Le dieron a mi mamá el vestido que yo había usado. Fue un momento significativo sobre el cual todavía pienso de tiempo en tiempo.
Mi familia estaba muy a favor de mi entrada al convento y quería que yo fuera lo que Dios quería que yo fuera y lo que yo quería hacer. Mi madre venía a visitarme el Domingo de Visitas, que era el primer domingo del mes. Siempre me traía un regalito, como chocolates o talco. Era un gran día, y siempre lo esperaba con ansias.
Ya que entramos al convento juntas, Hna. Paulette y yo estábamos en el mismo grupo o banda, como lo llamamos. Yo era amiga con todas las de mi banda, que, además de Hermana Paulette, incluía a Hnas. Mary Tobin, Yvonne Pratka, Suzanne Ruane, Dermot Cahill, Lydia Nolan y Sorto Keeley. Había algo muy especial sobre el estar juntas en el silencio de las comidas y en oración. No se puede explicar.
Algo que fue un problema para mí en el convento fue que no sabía latín. En la Capilla de la Villa, la Misa era en latín. Yo asistí a escuelas públicas y no estudié latín, por lo tanto no entendía lo que estaban diciendo. Cuando se tenía que decir, “Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto,” yo no sabía lo que estaban diciendo. Entonces yo decía algo que se le parecía. Estoy segura que a Dios no le importaba mi error; mi fe era sincera. Un tiempo después Hermana Adeline O’Donoghue me preguntó cómo me estaba yendo y le dije que muy bien, excepto por el latín. Es ahí cuando ella me explicó que la parte en la que yo estaba teniendo problemas era “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo” en latín. Ella me enseñó la manera correcta de decirlo. Todo se arregló.
Tomé el nombre André que es Andrés en francés. Yo tenía una amiga que entró a otra Congregación y tomó ese nombre. Yo la admiraba y pensé que sería un buen nombre.
Después, Hermana Paulette y yo fuimos por nuestro propio camino. Ella se ofreció de voluntaria para ser una de las primeras cuatro Hermanas de nuestra Congregación en ir a Centro América y estuvo en ministerio en Guatemala.
Después de tres años en el noviciado, me enviaron a las misiones, mayormente en Texas y Louisiana. Al principio, estaba un poquito preocupada sobre las responsabilidades de ser enfermera, ya que me acababa de graduar de la escuela de enfermeras y no había practicado durante mis años en el convento. Sin embargo, había una maravillosa Hermana que trabajaba en pediatría en el Hospital St. Joseph en Houston, Texas. Su nombre era Hermana Avitus Ryle. Fui asignada a pediatría, y ella me ayudó de muchas maneras. Por ejemplo, cuando un doctor llamaba por teléfono para dar órdenes para un paciente, ella escuchaba por el otro teléfono y se aseguraba que lo que yo escribía fuera correcto.
Hermana Avitus siempre se aseguraba que yo hiciera todo bien. No pasó mucho tiempo hasta que yo pude hacer las cosas por mi cuenta. Pienso en ella de tiempo en tiempo y le estoy muy agradecida y a todas las Hermanas en enfermería quienes me ayudaron a regresar a la profesión que Dios me llamó a seguir.
El ministerio en el cual estuve por más tiempo fue en enfermería médica/cirugía en el Hospital St. Joseph en Houston. Después de muchos años en enfermería, pasé a ser representante de pacientes y me encantó ese rol. Podía mirar a los pacientes a los ojos y estar con ellos. Casi podía escuchar a sus almas. Siento que mi mayor logro fue estar con ellos, especialmente cuando estaban listos para ir con Dios.
Fue difícil estar con ellos durante sus muertes, y aún poder estar presente para ellos. Cuando murió mi propia hermana, estuve con ella. Mi otra hermana nunca había visto a alguien morir. Pude consolar a mi familia. Me hizo detenerme y darme cuenta que no todos han tenido las experiencias que yo he tenido de estar presente durante muertes. La vida y muerte de Jesús es sobre lo que se basa toda nuestra vida. Su muerte habría sido en vano si no hubiera resucitado. El rompió el poder de la muerte cuando resucitó.
Después que regresé a la Villa de las misiones, escuché a Hermana Caroline Flynn decir que estaba yendo al Centro St. Austin a enseñar en el programa de alfabetización para adultos. St. Austin se encuentra al cruzar la calle de la Villa y nuestra Congregación tiene un gran programa de alfabetización para adultos allí.
Por alguna razón la idea de enseñar se quedó conmigo todo el día. Yo sabía que la mayoría de estudiantes en el Centro St. Austin eran hispanos y yo no hablaba español. Pero Hermana Caroline me dijo que no tenía que saber español para enseñar inglés. Ella me explicó que podía ayudarles con la gramática en inglés y ayudar-les a leer. Le pregunté, “¿Tú crees que puedo ir contigo y ser maestra?” Ella con mucho entusiasmo dijo, “¡Sí!” Pasé por todos los pasos para obtener aprobación de ir allí, desde la Líder de la Congregación hasta el Director del Programa de Alfabetización.
Hace varios años empecé a enseñar ingles en el Centro St. Austin y amo la experiencia. Al final de cada semestre, los estudiantes me escriben notitas diciéndome que están contentos de haberme tenido como su maestra. Es muy gratificante. Me siento cerca de los estudiantes.
Recuerdo lo mucho que me ayudaron cuando era estudiante de enfermería y me gustaría devolver algo de esa ayuda a estos estudiantes.
Hermanas Delphine Kearney y Margaret Ann Toomey también enseñan allí. Ellas son maestras genuinas y hacen un trabajo maravilloso. Gastón Olvera, el Director, y Cinthya Sánchez son maestros laicos.
En 2006, celebré mis 50 años de Profesión Perpetua como Hermana de la Caridad del Verbo Encarnado. Ha sido y continúa siendo una vida maravillosa.
A cualquier jovencita que está considerando la vida religiosa, yo le diría, “Si piensas que no puedes hacerlo, quizá no puedas, pero sí puedes con la ayuda de Dios. Yo no estaba segura de poder hacerlo, pero confié en Dios. Sigue confiando en Dios cada minuto del camino. La fe nos salva. Con fe hacemos lo que hacemos. En las palabras de Jesús, ‘Ven y sígueme’”.