Hermana Celestine Kavanagh

Hermana Celestine Kavanagh

Recuerdo bien aquella tarde en mayo de 1981 cuando regresé al convento de mi ministerio en el Hospital St. Joseph en Houston. Quería descansar por un momento ya que tenía mi taza de té en la mano en la pequeña sala en el primer piso. Estaba ahí cuando noté una copia de la revista de nuestra Congregación. Estaba abierta mostrando una página con extractos de una carta de Hna. Rosa Marta Gamerdinger, la Superiora General anterior de la Provincia de México de las Religiosas del Verbo Encarnado, a Hermana Loyola Hegarty, quien en ese tiempo era la Superiora General de nuestra Congregación.
 
En su carta, Hermana Rosa Marta, en ministerio en Kenya, describía su viaje a ese país. Ella dijo que el Obispo Raphael S. Ndingi Mwana’a Nzeki de la Diócesis de Nakuru estaba buscando a una “Hermana Enfermera” para hacerse cargo de un Proyecto de Salud Pública en una área muy remota en Kenya llamada Pokot Oriental. La gente en ese lugar nunca había tenido contacto con la civilización occidental y no tenía acceso a cuidado de la salud o educación. La carta continuó describiendo la vestimenta y algunas de las costumbres de la gente allí.
 
Cuando leí las necesidades de ese lugar, pensé que sonaba como un reto imposible. Recuerdo sonreír y enumerar con los dedos todo lo que una persona necesitaría para responder a una misión como esta. Puse la revista de nuevo sobre la mesa.
 
Cuando regresé a la sala unos días después, la re-vista seguía allí, abierta en la misma página. La leí otra vez. Luego una tercera y cuarta vez. La quinta vez que la leí empecé a pensar, “Si yo no voy ¿quién va a ir?”
 
Empecé a razonar que yo había estudiado enfermería en Inglaterra, y, ya que Kenya había sido parte del Imperio Británico hasta 1963, quizás lo que sabía de enfermería inglesa no sería muy diferente de lo que tenían allí.
 
Escribí una breve nota a Hna. Loyola diciéndole que si no había recibido ninguna otra voluntaria, que por favor me considerara. Ella recibió la nota y me llamó para que viniera a verla.
 
En la Villa de Matel, Hna. Loyola me mostró la carta entera de Hermana Rosa Marta, y hablamos sobre los retos y necesidades en ésa área de Kenya. En ese momento sentada frente a ella empecé a pensar que si todo se estaba moviendo muy rápido. Ella se debió dar cuenta de la mirada preocupada en mis ojos porque me preguntó, “¿Todavía quieres ir?” “Sí”, le contesté.
 
Al final de la reunión, Hna. Loyola me preguntó que si estaría lista para partir en agosto, ¡y ya era mayo! Le dije que sí, pero dejé su oficina en un torbellino. Tres meses es poco tiempo para aprender las costumbres, tradiciones y el idioma de un pueblo. ¿Cómo iba a hacer todo eso?
 
Con esta y muchas otras preguntas en mente, escribí a Hna. Rosa Marta. Después de muchas semanas, porque no había servicio de correo donde ella se encontraba en Pokot Oriental, finalmente recibí una respuesta de ella. Su consejo fue “no te preocupes de nada.” Y decidí tomar su consejo de no preocuparme y tener una mente abierta y un corazón abierto.
 
Cuando sentía cualquier aprehensión, preocupación, o incluso grandes miedos, y confieso que sí los sentí, me recordaba una y otra vez que el Verbo Encarnado estaba conmigo y cualquier cosa que estaba enfrentando se solucionaría. Y, tres meses después, volé a Kenya.
 
Llegué al Aeropuerto Gomo Kenyata en Nairobi, y me recibió Hna. Rosa Marta y cuatro otras Hermanas de su Congregación que habían llegado a Kenya hacía seis meses. Lo primero que me impresionó fue que había flores por todo sitio. Nairobi es conocida como la “ciudad verde en el sol.” El clima es casi perfecto. Las flores retoñan en todo sitio y tienen grandes y bellos árboles con flores naranjas muy brillantes. Había buganvillas de todos los colores y matices que uno se pudiera imaginar y flores navideñas que habían crecido como árboles.
 
Después de algunas demoras, principalmente debido a mi equipaje perdido y paradas en el camino, hice mi primera visita a Pokot Oriental. Nos reunimos con el Obispo en su oficina en Nakuru. Las Oficinas Diocesanas están en la vieja Catedral y la oficina del Obispo era espaciosa y con muebles muy lindos. Esa mañana él parecía genuinamente contento de que yo había venido. Me dio la bienvenida como siete u ocho veces en inglés y suahilí.
 
La tribu Pokot es una rama de los Kalengin, que es la tribu del Obispo Ndingi. El Obispo recibió algo de su educación en los Estados Unidos y como resultado estaba ansioso de tener a alguien de los Estados Unidos para iniciar el Programa de Safari Médico para su querida tribu Pokot. Los Pokot nunca habían tenido ningún cuidado de la salud; sin embargo, un doctor de México había llegado un poco antes que yo y les estaba dando medicinas para diferentes enfermedades.
 
Aunque hicimos paradas en el camino, el tiempo de viaje podría decirse que fue de dos horas manejando de Nairobi a Nakuru, como a 60 millas por hora. De Nakuru a Marigat nos tomó como 45 minutos, en una carretera excelente. La Carretera de Marigat a la misión Tiati donde iba a vivir temporalmente con las Hermanas de México, fue terrible, por decir lo menos, y por espacios largos no existía. En algunos lugares era como estar trepando por una roca. En otras partes manejamos por caminos muy estrechos llenos de lodo por el borde del valle. Eventualmente llegamos a Barpello al pie del Monte Tiati y a “casa.”
 
Tan pronto como cruzamos el río, aunque estaba oscuro, la gente salió a saludarnos y dar la bienvenida a las Hermanas. Al acercarnos al convento, algunas de las personas nos ayudaron a bajar las cosas de la camioneta. Los Padres del Espíritu Santo, quienes habían llegado unos cuantos años antes que las Hermanas, habían construido el convento, que era muy pequeño, pero adecuado.
 
Hermana Sylvia, otra de las Hermanas del Verbo Encarnado, rápidamente empezó a preparar un poquito de cenar con ayuda de lámparas a kerosén. Luego supe que teníamos una refrigeradora que funcionaba a kerosén. Mientras tanto, Hermana Rosa Marta me mostró mi cuarto y la Capilla donde ofrecimos una breve oración de gracias. Después de la cena no conversamos mucho porque estábamos muy cansadas. Luego, después de lavar los platos, cada una tomó una lámpara a nuestros cuartos para alistarnos para dormir. Además, me dieron una linterna en caso que durante la noche tuviera visitantes de naturaleza reptil.
 
Aunque estaba muy cansada del viaje, no pude dormir por un buen tiempo, primero porque el colchón era de paja y me tomó un tiempo acostumbrarme, y segundo porque había visto pequeñas lagartijas en el techo y tenía miedo. Luego descubrí que eran una bendición porque se comían a los mosquitos.
 
En los días y semanas que siguieron, continué maravillándome del ingenio de las Hermanas de México. Ellas se habían adaptado muy bien a las necesidades del pueblo.
 
Hna. Rosa Marta había empezado un pequeño “grupo de Kindergarten,” como ella lo llamaba, pero tenía niños de 6 meses hasta 14 y 15 años, porque nadie había ido nunca a la escuela. Las mamás traían a los bebés de 6 meses sobre sus espaldas. Hna. Rosa Marta me dijo que inicialmente la escuela era solo una excusa para darles algo de comer a los niños.
 
Su escuela consistía de algunos paneles de madera sobre el piso de tierra con ramas de árboles plantadas en el piso y entretejidas arriba para hacer un techo con algo de paja. Sin embargo, era solo una escuela temporal, ya que los Padres del Espíritu Santo estaban construyendo una nueva escuela para ella.
 
Encontré que la gente Pokot era muy amable, y estaban siempre listos para compartir con sus invitados, aunque lo que tienen es muy poco. Ellos son semi-nómadas, y es por eso que no, o en aquel tiempo, no construyen buenas casas. Ellos se mudan con sus animales, vacas, cabras, camellos, y burros, donde quiera que vayan por agua y pasto.
 
De acuerdo a la costumbre Pokot, es el “privilegio” de la mujer, y estoy usando sus palabras, el construir las casas y cuidar a los niños. El privilegio de los hombres es filosofar, organizar, y gobernar y especialmente proteger a sus esposas e hijos de ataques de la tribu Turcana al norte de ellos.
 
Aunque yo había estudiado suahilí, el idioma de Kenya, en Pokot hablan Pokot y no había escritura para el idioma Pokot en ese tiempo. Cada tribu hablaba un idioma, no solo un dialecto, sino un idioma completamente separado. Si hacía esfuerzos con el idioma Pokot, ellos eran muy buenos y me ayudaban. Ellos sabían lo que yo estaba tratando de decir más rápido de lo que yo podía darme cuenta de lo que ellos estaban diciéndome.
 
La primera vez que llegué a la estación para la cual me había voluntarizado, la gente me estaba esperando para saludarme. Ellos me llamaban “doctari.” Traté de explicarles lo mejor que pude que yo era enfermera, no doctor, pero ellos me comunicaron que era lo mismo.
 
Una de mis primeras tareas fue visitar al oficial médico para aprender, desde su perspectiva, cuáles eras mis parámetros. Y sin lugar a dudar, él esperaba que yo tome la parte de un doctor, quizás uno recién recibido, pero yo sería responsable de tratar enfermedades primarias, desde parásitos intestinales hasta paludismo. También tenía que tratar a niños y adultos que tenían gran propensidad a adquirir infecciones respiratorias. Esto era debido a que las noches eran frías y las viviendas muy pobres. Aunque ellos están conscientes de esta situación, tienden a adquirir neumonía y otros tipos de infecciones respiratorias.
 
En esos primeros días estaba solo tratando de entender las costumbres, el medio ambiente y el idioma, no tenía medicinas conmigo. Las Hermanas Mexicanas tenían una cantidad limitada y la compartían conmigo. La gente venía a mí y esperaban que fuera capaz de ponerme a trabajar de inmediato.
 
Por cierto, la noche que llegué un grupo de personas trajo a una niña enferma. Ella tenía 15 16 años. Su padre me explicó, tan bien como pudo, que ella había estado enferma por casi tres semanas y que su madre había muerto de la misma enfermedad.
 
La examiné superficialmente, y me di cuenta que tenía las amígdalas muy inflamadas. Solo tenía aspirinas conmigo. Le di miel que se produce localmente. La miel con agua caliente le suavizaron el dolor y la aspirina le bajó la fiebre.
 
Le pregunté a Hna. Rosa Marta si se podía quedar en el convento en el colchón adicional porque si salía al viento frío de la noche se podría morir porque tenía fiebre.
 
Preparamos la cama para ella, pero para sorpresa nuestra todos los que estaban con ella se quedaron. La siguiente mañana, al salir de mi cuarto, tuve que saltar sobre ellos que dormían en el suelo.
 
En mi ministerio de cuidado de la salud, mi primera tarea era enseñar a los trabajadores de la salud, ya que ellos trabajaban más con la gente. Lo que les enseñé primero fue como hacer fluidos de rehidratación para los niños con virus intestinales.
 
La misión encompasaba tres componentes y el primero, para el que yo me voluntaricé, era inmunizar a los niños desde los tres meses de edad hasta los tres años, porque son el grupo más vulnerable. También necesitaba enseñar cuidado pre-natal a las madres o madres potenciales, y enseñarles higiene básica. Pero, ¿cómo enseñarles higiene sin agua? Es difícil.
 
Afortunadamente los Padres del Espíritu Santo, Padre Jerry Foley y Padre Sean McGovern, específicamente, estaban trabajando en construir un reservorio de agua en donde podían capturar agua de la lluvia. Las Hermanas también lo estaban haciendo en pequeña escala. Ellas colectaban agua de la lluvia, la hervían y la filtraban para su propio uso. Este sistema de colectar agua fue necesario porque todo lo que había era un río y el agua estaba contaminada por los animales así como por las personas que iban a lavar su ropa. Los Padres del Espíritu Santo construyeron un tanque de agua con un desvío para que los animales pudieran beber el agua sin contaminarla.
 
Era increíble como la gente Pokot sabía donde encontrar agua tratando de adivinar con un palo o con una rama de árbol. Ellos también sabían que durante los tiempos secos si excavaban profundamente en la arena por donde había pasado el río, encontrarían agua. Esto era una buena manera de encontrar agua buena ya que había sido filtrada por la arena.
 
Mis experiencias allí eran nuevas y estaba aprendiendo mucho.
 
Una de las cosas más difíciles para mí era no poder seguir los planes que había hecho. Por ejemplo, organizaba un safari para inmunizar a niños y tenía todo listo en la camioneta, pero el río crecía y no podía cruzarlo. Esto era especialmente difícil para mí porque no tenía forma de avisarle a la gente. Sabía que iban a estar reunidos esperan-dome a una distancia del río, y no tenía forma de hacerles saber de que no iba a llegar.
 
Después de haber estado 20 años en los Estados Unidos era una lección difícil. Estamos tan dirigidos a la producción en este país que no poder seguir con mis planes era muy difícil para mí al principio. Pero con la ayuda de otros misioneros, y especialmente las otras Hermanas con las que vivía, empecé a darme cuenta que no podía salvar a todos, pero podía hacer cuanto podía en las áreas en donde me encontraba. Esa fue una de las lecciones más valiosas que aprendí en Kenya.
 
La gente Pokot estaba muy agradecida por cualquier ayuda que les diéramos. Y no les dábamos las cosas, por decir, gratis. Descubrí que la gente no tenía mucho, pero nunca esperaban recibir algo por nada a no ser que estén completamente desesperados. Siempre traían una botella de leche, un par de huevos o algunas veces una cabrita. Yo tomaba la leche que traían, la colaba, la hervía, la embotellaba y la ponía en la refrigeradora que funcionaba a kerosén. Luego cuando la gente venía de muy lejos por medicinas o lo que sea, tenía algo de comer que ofrecerles que era aceptable para ellos. Les gustaba tomar leche y además era nutritiva.
 
Desafortunadamente, debido a prácticas tradicionales en ese tiempo, las únicas personas que no tomaban leche eran las mujeres embarazadas. Ellas creían que el bebé no iba a caminar si la mujer tomaba leche en el embarazo. Otra creencia era que si la mujer embarazada comía huevos el bebé no hablaría nunca.
 
Ofreciendo cuidado pre-natal, gradualmente pude cambiar esta manera de pensar, primero con leche en polvo. Luego después de que dos o tres la habían bebido y sus bebés nacían saludables y fuertes, se convencieron. Lo mismo con los huevos, pero tuve que ir despacio para no contrariar a la gente. El pueblo Pokot es muy privado. Ellos mudan sus casas de los caminos transitados, porque no les gusta que la gente, incluso su propia gente, se les acerque mucho. Construyen sus casas en un círculo para sus familias.
 
También ayudaba con el nacimiento de bebés. La gente Pokot nombraba a sus bebés según lo que estaba más cerca a ellos, por eso había varias Celestinas chiquitas que ahora ya son mujeres grandes.
 
Una niñita a la que vacuné tenía solo 3 años y su nombre era “Mentirosa” en Pokot. Le pregunté al traductor por qué llamaban así a esa niñita tan dulce que seguramente nunca había dicho una mentira, y el traductor me dijo, “Ella no las dijo, pero su mamá sí.”
 
Mientras estuve allí hice algunos esfuerzos para inculcarles un sentido de orgullo sobre su propia historia y vestimenta y forma de ser, pero las mujeres estaban deseosas de tener ropa occidental.
 
Normalmente en Pokot las mujeres caminan sin blusa y con muchos collares en su cuello. Mientras más adinerados sean sus padres, les ponen más collares. Y usan piel de cabra alrededor de su cintura y caderas hasta sus tobillos. Ellas decoraban estas pieles con cuentas. Ellas también usaban cuentas coloridas para decorar las botellas de sus bebés que las hacían de calabazas. Las madres también tenían una piel de cabrita para llevar a sus bebés. Si hacía frío, les proporcionábamos frazadas y ropa, y les recomendábamos que las usaran solo si iban a la aldea. Las mujeres de Tiate se daban cuenta de que cuando iban a la aldea la gente se les quedaba mirando. Por eso querían vestirse con ropa occidental.
 
La gente tenía un maravilloso espíritu de comunidad. Creo que de alguna manera vino del hecho de que los hombres practicaban la poligamia en los “montes.” Los hombres tenían tantas esposas como las que pudieran mantener, y si tenían muchas vacas y cabras y camellos, ellos podían mantener a muchas esposas. La poligamia no se practica en las ciudades, porque es ilegal.
 
La gente Pokot no estaba evangelizada, pero conocían a Dios y Dios los conocía también. Ellos tenían una maravillosa forma de orar en grupo. El jefe, cuyo nombre era Thomas los lideraba en oración. Y, aunque yo no entendía todas las palabras, podía darme cuenta que decía “Demos gracias a Tororot,” que es su palabra para Dios. “Agradezcamos a Tororot por la lluvia,” y ellos respondían “¡Serat!” con mucha convicción. Y él agradecía Dios por esto y por lo otro. Una vez que yo estaba ahí, dijo “Demos gracias a Tororot por las Hermanas, porque ellas nos están trayendo muchas cosas, educación para los niños, comida y cuidado de la salud y estamos muy agradecidos por las Hermanas.” la gente respondió “¡Serat!” No desperdiciaban las palabras, pero estaban conformes con su idea de agradecer a Dios por lo que sea.
 
Me había voluntarizado por tres años en Kenya, pero terminé quedándome por cuatro. Cuando recién llegué a Kenya las Hermanas Mexicanas en Barpello y en Nakuru fueron muy buenas conmigo. Las quise mucho a todas. Luego cuando nuestras propias Hermanas Gabrielle Duane y Michelle Curtin llegaron, construimos un convento en Baraka, que significa “bendición.” El convento está localizado como a seis millas al otro lado de Molo. Hna. Gabrielle vino con la intención de ayudarme en Barpello, pero decidió enseñar en el Seminario Menor. Hna. Michelle vino a enseñar en el Seminario Mayor.
 
Yo continué viviendo con las Hermanas Mexicanas en Barpello y cuando veníamos a Nakuru más o menos cada seis semanas, me quedaba en nuestra propia casa en Baraka.
Pude conseguir un enfermero joven de Kenya para que tome mi lugar en Barpello y después llegó Hna. Rebecca, Hermana del Verbo Encarnado y Santísimo Sacramento. Ella ha hecho un trabajo maravilloso por muchos años.
 
Hay mucho más que podría decir sobre mis experiencias. Mi corazón está lleno de maravillosas memorias de mi tiempo allí. Estoy muy agradecida a Dios y a la Congregación por permitirme tomar este viaje especial en mi vida.