Hermana Ricca Dimalibot, M.D.


Hermana Ricca Dimalibot, M.D.

Mi ministerio médico en Kenya

Nada enseña con mayor convicción que la experiencia. Con esto en mente, me preparé para una misión en Kenya donde esperaba descubrir si tenía el material del que están hechas las monjas misioneras.

Nací y crecí en Asia, me uní a la Vida Religiosa en América y ahora tengo la intención de re-imaginar mi vida desde un punto de vista diferente en África. Con solo una onza de energía en mí después de mi residencia médica y los exámenes del Colegio Médico, me dispuse a descubrir si podía correr algunas carreras sin terminar en suelo africano. ¡Y correr fue lo que hice—literalmente, solo a dos semanas de mi ministerio en Kenya! Un toro vino hacia mí corriendo y escapé con solo pequeños golpes – un vislumbre del camino asombroso delante de mí. 

Como Hermana Religiosa y doctora, considero mi profesión un ministerio, una manera de distraer a los pacientes creativamente mientras Dios obra la verdadera curación. Mi motivo es servir y manifestar la bondad de Dios extendiendo la misión de Jesús. No tengo ninguna ilusión de ser la “cura” para todas las enfermedades ya que Kenya tiene buenos doctores y tratamientos disponibles, aunque en poca cantidad. Más que nada, vine a Kenya como parte de mi año de preparación antes de mi compromiso perpetuo a la vida consagrada. Quiero re-establecer un ritmo de oración, servicio y vida en comunidad para estimular mi espiritualidad. No espero nada de mi misma sino un consentimiento de todo corazón a lo que Dios me traerá en mi vida.

No hay nada ordinario sobre el Dios de Kenya; Dios no fue misterioso para en mostrar la belleza de la creación en esta parte del mundo. Su reserva de animales salvajes es incomparable en el mundo. Ver a los animales salvajes en su hábitat natural es mejor que cien programas en el canal de National Geographic. La espiritualidad abunda en toda dirección entre comunidades que están enraizadas en cultura, ritos, tradición y rituales. Las danzas son maravillosamente contagiosas y uno no puede evadir el persuasivo golpe de los tambores de Kenya. 

La cristiandad en Kenya es relativamente joven pero la esencia de un Dios supremo siempre ha brotado de su sangre. Como todo en la vida, la juventud viene con vibración, entusiasmo y energía en la Iglesia. Esto en verdaderamente mi experiencia de Kenya y no se puede esperar nada menos de África, a la que se le denomina como la cuna de la humanidad. No se les puede superar en sus celebraciones litúrgicas ya que expresan apasionadamente su fe mediante cantos que vienen a la vida cuando se combinan con su don natural de danzar y con su armonía. La gente de Kenya tiene un robusto sentido de familia y comunidad así como de hospitalidad y lealtad. Es refrescante estar en medio de gente cuyas mentas no están inundadas con entretenimiento de los medios de comunicación a toda hora del día. Siento su genuina felicidad cuando pasan tiempo juntos. 

Entre sorbos de interminable chai y hablando un mal sheng (suahilí + inglés), he podido sumergirme en la cultura de Kenya con el entrenamiento de nuestras Hermanas de Kenya y de más de dos docenas de huérfanos con los cuales viví en el Centro de Niños Elizabeth Place en Doonholm, Nairobi. Tuve un inventario prefabricado de dolores de oídos, caídas, y resfríos esperando pasar en mi umbral. No es fácil dejar pasar los pegajosos manubrios de puertas, pero después de ver las más dulces sonrisas de los chiquitos, estaba lista para cualquier cosa.

Mi primera expedición fue en Molo, un lugar del cual se rumorea fue el “Jardín del Edén;”  —algo en lo cual me inclino a creer a primera vista. Todo lo que comimos en Molo fue cosechado fresco de nuestra huerta y sabíamos exactamente de dónde venía nuestra carne y leche todos los días. He aprendido más de lo que necesito sobre agricultura y jardinería. Solo a unos cuantos kilómetros de la línea ecuatorial y a 8,000 pies sobre el nivel del mar, Molo es el lugar de varios de nuestros ministerios congregacionales. Pronto, mi reputación se esparció como la “doctora que es también monja que la persiguió el toro.” Ese es un nombre muy grande para alguien que empieza con su práctica privada.

Después de espantar a los pollos del frente del Dispensario San Martín de Porres todas las mañanas, veía a un desfile de personas con fiebres tifoideas, amebas, brucelosis, malaria y VIH/SIDA. De vez en cuando, incluso me encontré con lo que los locales creen que son “fuerzas supernaturales,” o medicina administrada por un chamán. El dispensario cobra una tarifa mínima que se extiende mucho para dar a la gente un sentido de orgullo de que se están cuidando ellos mismos. Para mantener la operación de la clínica, ellos tienen una huerta de verduras y varias gallinas que dan un constante suministro de huevos. 

El SIDA es un problema enorme en África. El dispensario patrocina grupos de apoyo para pacientes con VIH/SIDA tres veces al mes; proveyendo medicinas, consultas, almuerzo e incluso pasajes de autobús para los clientes. Yo iba con las trabajadoras sociales a visitar a pacientes de SIDA en sus casas cuando ellos no podían asistir al grupo de apoyo debido a su declinante salud. No sé como lo hicimos, pero podíamos encontrar a nuestros clientes subiendo y bajando colinas en caminos que parecen tener ¡cráteres lunares y señales de calle que están abiertas a la interpretación! Tuve que caminar en medio de sembríos de maíz, cruzar pequeños riachuelos saltando, ser amiga de burros, cabras y ovejas  en el camino. Y, si eso no fuera lo suficientemente precario, incluso traíamos nuestra clínica móvil para vacunar a nuestros clientes más pequeños en Kiambiriria y Jogoo, lugares en medio de nada. Fue en uno de esos viajes que un grupo de niños pequeños gritaron, “mzungu,” (extranjero o persona de piel clara) mientras yo gateaba debajo de la cerca de alambre buscando a un paciente. Nunca pensé que hacer visitas a casa podría ser tan entretenido.

Nunca me voy a olvidar la primera vez que fui con las trabajadoras sociales a visitar a un cliente que parecía estar perdiendo su batalla con el SIDA. El apenas podía hablar entre que trataba de tomar aire, pero pude ver en sus ojos que él estaba feliz de tener compañía. Su vida había estado llena de problemas y nosotros solo podíamos compartir nuestra esperanza y oraciones por él. Antes de irnos, las trabajadoras socia-les le cantaron su canción favorita en suahilí. El estaba muy débil, pero pudo sonreír. Imagínense mi sorpresa cuando lo vi en el dispensario dos semanas después en el grupo de apoyo. ¡El es prueba viviente de lo que un poco de oración o una canción pueden hacer!

Njoge (no es su verdadero nombre) era una madre soltera de un poco más de 30 años sufriendo de SIDA. Ella no podía ir al grupo de apoyo ya que desarrolló neuropatía en sus piernas que incapacitó su habilidad para caminar distancias largas. A pesar de su dolor físico, ella todavía cuidaba de una vaca, varias cabras, pollos y un pequeño plantío de maíz. Su casa desordenada, sin embargo, revelaba la profundidad de su tristeza sobre su condición. Para que nosotros podamos tener un espacio para visitarla, ella tuvo que limpiar la suciedad de los pollos en su sala. Como muchos de pacientes con SIDA, ella era estigmatizada por sus vecinos y no tenía a nadie que la ayudara. El dolor de su pierna era severo pero ella no podía conseguir sus medicinas del centro de salud porque tenía que caminar 4 kilómetros bajando la colina solo para llegar a la parada del autobús más cercana. Le dimos medicinas y, más importante, palabras de ánimo para alegrar su espíritu y fe en Dios. Njoge no hablaba nada de inglés pero después de unos pocos gestos y palabras de oración, entendí sus expresiones de gratitud. En realidad, expresar amor a alguien no requiere realmente de palabras. 

La mayoría del tiempo, nuestro dispensario sirve como el lugar a donde la gente viene a pedir ayuda para todo tipo de necesidad como comida, colegiatura, cuentas de hospital, incluso gastos de funeral. El dispensario también patrocina el “proyecto de la vaca” para ayudar a familias que califican y pueden cuidar de una vaca para su supervivencia. Creo que lo que estamos haciendo en el dispensario está despertando el potencial de cada persona a la que patrocinamos.

Después de pasar varias semanas en Molo, regresé a Doonholm, Nairobi. En el Centro de Niños Elizabeth Place, tuve la oportunidad de cuidar a los niños como su doctora así como tener el privilegio de ser una madre para ellos hasta su mejoría. Tuve unas cuantas noches de preocupación, rezando y pensando qué más podía hacer por ellos mientras sus cuerpecitos estaban peleando quizás enfermedades fatales. Atesoro el lazo especial que compartí con ellos que nunca antes había experimentado en mi carrera médica: un encuentro paciente-doctor que no termina cuando se escribe la receta. He tenido el beneficio añadido de agarrar sus manitas y personalmente ser testigo de los primeros signos de su regreso a la salud. Estoy acostumbrándome a practicar medicina de rodillas. 

El Dispensario St. Bakhita de Utawala que es patrocinado por la Congregación está localizado a como 30 minutos de Doonholm. La primera vez que llegué al dispensario, inmediatamente vi dos casos de malaria, una enfermedad que es endémica en Kenya. ¡Este es un lugar en donde uno recibe ruidosos aplausos por espantar a un mosquito! St. Bakhita es relativamente nuevo; pavimentamos nuestro camino en el corazón de la comunidad por medio de nuestro programa anti-parásitos intestinales (¡No estoy bromeando!).

Lo que más hice fue educar al personal del dispensario y a los locales sobre higiene y prevención de enfermedades. Para hacer ejercicio, caminaba alrededor del dispensario casi todos los días; me estaba aventurando un poco más sobre la ruta que tomaba hasta que los jardineros mataron a una Mamba Negra y a una Viuda Negra en el área. De vez en cuando me paraban los pacientes esperando tener una consulta gratis ahí mismo en medio del camino. Disfrutaba visitando las escuelas para promover nuestro ministerio. ¡También proveía entretenimiento para los niños que a quienes les parecían chistosas mis facciones filipinas!

La vida esta llena de desafíos en esta tierra de 42 tribus. Poco después de que empecé en Utawala, las disputadas elecciones de diciembre del 2007 provocaron agitación política entre la gente. No fue la peor sublevación que haya soportado Kenya con más de mil muertos y más de medio millón de personas que se convirtieron en refugiados en su propia tierra. Todos los días, los titulares daban la cuenta de los muertos y  de la indecible crueldad que fue casi como una limpieza étnica.

Siete tribus están representadas entre las Hermanas de Kenya en la Congregación. Estas mujeres están dedicadas a la Vida Religiosa, y en su ejemplo de vivir juntas veo tremenda esperanza. Ellas son testimonio de la posibilidad de personas de diferentes tribus viviendo en armonía dejando de lado las profundas heridas de un sistema de tribus. Ellas están sembrando las semillas de paz y esparciendo el espíritu de colaboración que es más fuerte que cualquier discordia que divide. En su esfuerzo, he descubierto la resiliencia de una nación que continúa siendo inspirada en frente de espantosa adversidad. Tan desalentadores como fueron los eventos, nunca cambiaría mi tiempo en Kenya por otro tiempo. No hay substituto para estar justo en el medio de la historia que hacen los titulares la mañana siguiente o escuchar las voces de las Hermanas y de los huérfanos relatando la violencia que se desplegó en sus propios hogares. Rezar los salmos diariamente se ha convertido en algo más significativo que nunca. Siento que estoy compartiendo en la experiencia y en la forma de pensar de los tiempos cuando esas palabras fueron dichas por primera vez. La historia se estaba desarrollando frente a mis ojos, y no tengo duda que seré testigo del triunfo del espíritu de Kenya. 

Un amor genuino y respeto por la gente son los requisitos no negociables si uno quiere siquiera atentar servir en una misión extranjera. El trabajo misionero es un don de Dios y la capacidad de llevar ese don a completo fruto es parte del don mismo. Atesoro la dedicación que es tan evidente entre nuestras Hermanas que dejaron familiares y amigos y dieron toda su vida para ser misioneras en Kenya. Ellas son las verdaderas profetas de las misiones que demostraron que paz y amor no conocen color, cultura, idioma, sexo o religión.

Me di cuenta desde el momento que primero me comprometí a votos de pobreza, obediencia y castidad que tendría que enfrentar osados desafíos. Yo he decidido vivir una vida donde todo se convierte en enseñanza – otra forma de verme a mi misma y al mundo. Permitirme a mi misma a aprender de los niños, de aquellos a quienes el mundo considera pobres, y llegar a ellos en donde ellos están, me ha hecho dar cuenta más que nunca que los seres humanos son iguales en el centro: dignos y amados porque todos son hijos de Dios.

Mientras sigo este camino hacia la persona en la que me estoy convirtiendo, mis sentidos están llenos de sabores, imágenes y sonidos de una cultura muy diferente a la mía. Esta experiencia me ha ayudado a limpiar mucho el desorden que a menudo se interpone en el sendero de nuestra vida. Me he experimentado a mi misma, al cosmos, a la gente y a Dios nuevamente, y mi vida nunca será la misma. Tengo la esperanza que un nuevo entendimiento que viene con cada día que pasa me preparará completamente para mi profesión perpetua de votos. Atesoro mi tiempo en Kenya mientras camino por el sendero que me lleva más cerca al Verbo Encarnado.