Hermana Wilfred Shorten

  Hermana Wilfred Shorten

Entrada 1931, Muerta 2007

Nosotros los que vivimos en tierra firme, escuchamos y leemos sobre los huracanes, y a veces hemos experimentado algunas inconveniencias debido a ellos como lluvias fuertes, calles inundadas, o falta de electricidad. Yo pude ver muy de cerca lo que es sufrir un huracán cuando era administradora del Hospital St. Mary. El 11 de septiembre, 1961, el ojo del Huracán Carla tocó tierra en la Bahía Matagorda, al sur de Galveston. Determinado como el huracán más peligroso desde la infortunada Tormenta del 1900, este huracán fue seguido por dos tornados, que junto con los vientos y lluvias del huracán devastaron la mayoría de la ciudad.

Llegué a Galveston en julio. Para fines de agosto los reporteros del tiempo estaban siguiendo una depresión tropical en el Caribe. Para el 4 de septiembre, ya estaba en el Golfo de México y dirigiéndose a nosotros.
 
Me preguntaba cómo uno se podría preparar para un huracán como este. El sol brillaba, el cielo estaba azul, y estábamos esperando a un gran huracán.
 
Gracias a Dios, la mayoría de los directores y supervisores habían tenido experiencia con otros huracanes y sabían exactamente qué hacer para preparar su división o unidad para un huracán.
 
La Escuela de Enfermería de St. Mary, en Ave Maria Hall estaba justo al frente del hospital. Estudiantes de enfermería ocupaban cuatro pisos y el quinto era usado como el Convento de las Hermanas, albergando aproximadamente a 25 Hermanas. Tan pronto como se supo que el huracán venía hacia nosotros, se envió a casa a los estudiantes de enfermería.
 
El Director para Servicios de Enfermería asign a enfermeras para el día y la noche para el domingo 10 de septiembre, y les dio a cada uno de ellas una habitación en Ave Maria Hall. Cada una podía traer a su familia a esa habitación.
 
El Administrador de Servicios Alimenticios se aseguró que tuviéramos un abastecimiento de comida para cuatro días y utensilios desechables. Los pacientes recibieron sus desayunos, almuerzos y cenas en paquetes.
 
La Administradora de Almacenes, una Hermana ya anciana con mucha experiencia en huracanes, estaba preparada con suficiente agua embotellada. Cada división guardó lo más que pudo de agua y llenaron las bañeras para usarse en los baños.
 
Las Hermanas de turno el domingo en la mañana ya sabían que estarían de turno por las próximas 24 horas. Debido a los fuertes vientos y copiosa lluvia, ellas cruzaban la calle desde el convento al hospital en grupos, agarrándose la una de la otra y todas descalzas. Ellas establecieron su centro de comando en el comedor del hospital.
 
La Directora de la Escuela de Enfermería, Hermana Agnesita, abrió el primer piso de Ave Maria Hall como un refugio para las victimas de la tormenta. El Director de Defensa Civil y su hijo adolescente estuvieron entre los primeros en llegar, y se ofrecieron para ocuparse del refugio. Ellos registraron a las personas como que estuvieran en un hotel, confiscaron licores, los etiquetaron con el nombre de la persona y se los devolvieron cuando se fueron.
 
La Hermana en el turno de la noche durmió en su propia habitación en el quinto piso en el edificio de las enfermeras. Cuando Hermana Perpetua bajó para cruzar la calle al hospital para su turno de la noche, el agua le llegaba a la cintura y tenía espuma blanca como del mar. Dos trabajadores de Defensa Civil con trajes de baño la cargaron de la casa al hospital.
 
Ancianos, inválidos y enfermos fueron traídos al hospital donde encontraron refugio y cuidados. Todas las camas estaban ocupadas. Y cada habitación no solamente tenia al paciente, sino que usualmente a toda la familia del paciente.
 
La tormenta no pasó rápido. Se mantuvo en el medio del Golfo por más de 24 horas, lo que hacía que los vientos sean más fuertes.
 
Las carreteras de entrada y salida de Galveston fueron cerradas a las 11:00 a.m. del domingo. Nos sentíamos aislados sin otro medio de comunicación que unos cuantos radios transistores y, milagrosamente, una caseta de teléfono público de donde podíamos hacer llamadas. El domingo en la tarde, Padre Montendon, nuestro Capellán, quien era un virtuoso con la guitarra y buen cantante, entretuvo a las personas en el refugio cantándoles y tocando canciones de vaqueros y baladas.
 
No solamente el hospital, sino también toda la Isla de Galveston perdió el servicio de electricidad apenas empezando la tormenta. El Ingeniero del Hospital nos proporcionó una unidad auxiliar de electricidad para alumbrar las escaleras y hacer café. La cocina era a gas y podíamos cocinar. Ya que no había servicio de ascensores, los familiares llevaban las comidas a las habitaciones.
 
El Huracán Carla entr a tierra cerca de las 12 del día el lunes 11 de septiembre, con vientos de hasta 175 millas por hora. La lluvia caía como en sábanas. De alguna manera, utilizando a todos los voluntarios que pudimos encontrar, movimos todo al segundo piso incluyendo las máquinas de escribir, mesas, sillas, y lo más importante, las historias médicas.
 
A las 6 a.m. de la mañana siguiente, nos cayó una fuerte lluvia, y poco después escuchamos sirenas, ambulancias trayendo a pacientes a la Sala de Emergencia. Dos tornados habían tocado tierra esa mañana como secuela del huracán, destruyendo casas, y bloques enteros de la ciudad. Nos trajeron a algunas de las víctimas y muchas necesitaban atención de emergencia. La devastación en la Isla de Galveston era increíble.
 
Sin embargo, a pesar de los daños en el techo y de agua en el hospital, no hubo interrupción en el cuidado de los pacientes en St. Mary. El censo que se tomó el día domingo indicó que hubieron 325 hombres, mujeres y niños en el hospital además de los pacientes y empleados.
 
Aunque nuestro plan de emergencia estuvo diseñado para un día, funcionó bien por más de dos días. Todas las personas que se refugiaron en el hospital y en Ave Maria Hall ayudaron a llevar a cabo el plan, al mismo tiempo que se ayudaban ellos mismos.