Hermana Carolina Maria Ramos


Hermana Carolina Maria Ramos
Entrada 1966, Muerta 2005

Hermana Carolina María fue la primera mujer de Centro América en entrar a nuestra Congregación. Ella fue entrevista en video hace algunos meses para una futura historia de su vida en El Verbo entre Nosotros. Antes de que se completara la historia, Hna. Sr. Carolina Maria falleció inesperadamente el 6 de junio 2005. Lo que sigue es una trascripción de la entrevista en la cual su pasión por el cuidado a los pobres y su amor por sus Hermanas en la Congregación se expresa claramente por medio de sus propias palabras.
 
Cómo conocí a las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado
Hace muchos años en mi país natal de Guatemala, yo pertenecía a la Legión de María y fui a visitar a los pacientes del Hospital Nacional en Huehuetenango. En esos días el hospital era un sitio muy feo, pero iba allí porque la gente estaba muy necesitada. Los sacerdotes hacían una lista de los que querían confesarse, de los que querían recibir la comunión, y los que necesitaban la Unción de los Enfermos porque se estaban muriendo. Viendo esta situación, le pedí al Obispo si podíamos ayudar a esta gente. El nos dijo que no había manera de que obtengamos ayuda de la Iglesia para el hospital, porque era un hospital nacional y no un hospital católico.
 
Un día estaba trabajando con el Obispo en clases de religión en las escuelas y me dijo que íbamos a tener Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado para el hospital. Luego dijo, “Y tú le vas a enseñar español.” Le pregunté, “¿Yo?” El dijo, “Sí.” Le pregunté otra vez, “¿Yo?” Y nuevamente me dijo “Sí.” Le dije que yo no sabía inglés. El me dijo que no necesitaba inglés para hablar español. El Obispo no iba a aceptar una respuesta negativa.
 
Me fui a casa esa noche y tenía mucho miedo. Mi hermano me dijo que no tenía nada de qué preocuparme. Me dijo, “Solo tienes que poner un poco de cosas en la mesa y decir, ‘Esta es una taza; este es un tenedor.’ El primer día abres la puerta y se los dices en español. Dices ‘siéntense’ y ‘levántense’ y cosas así y ellas van a empezar a aprender español de esa manera.”
 
En 1963 llegaron cuatro Hermanas a Guatemala (Hermanas Stanislaus Mackey, Paulette Shaunfield, Margaret Kelly y Dermot Cahill.) La primera que vi fue Hna. Stanislaus, una mujer muy alta mirándome desde arriba. Todas las Hermanas me miraban desde arriba y yo estaba muerta del susto. En nuestro primer día de clases, Hermana Margaret Kelly me dijo, “Descansemos un poco.” No sabía qué hacer. Ninguna de ellas decía nada, hasta que Hermana Margaret me preguntó en español, “¿Maestra, está usted casada?” Le dije, “No.” Ella seguía caminando y lo repetía en español. En realidad lo que ella quería decir era “cansada.” No nos estábamos comunicando. Ella fue a servirse café y regresó riéndose y hablando en inglés y español, entonces me empecé a sentir más cómoda.
 
Los retos de enseñar a las Hermanas
Conseguí unos libros de gramática para el primer grado para empezar a enseñar a las Hermanas. El Obispo vino y me preguntó cómo estaban yendo las clases. Le dijo, “Les tiene que preguntar a ellas, porque creo que no les caigo bien, porque no están aprendiendo nada.” El me contestó, “Ellas están aprendiendo y estoy ordenando más libros para ti.” Poquito a poco iban aprendiendo, pero yo sentía que lo estaban haciendo en otro sitio.
 
Hermana Dermot y Hermana Paulette tomaron los libros y los estudiaron bien. Pero Hermana Stanislaus y Hermana Margaret tomaban los trapeadores y cubetas para limpiar el hospital y hablar con los pacientes. Ellas limpiaban las paredes con los trapeadores, porque era realmente necesario, y la gente las miraba, porque nunca habían visto nada como eso. Yo estaba molesta porque ellas no venían a clases. Cuando dejaron de venir a las clases, fui a ver al Obispo. Le dije, “Señor Obispo, vaya al hospital y dígales, porque ellas están trabajando y no aprendiendo.” No sé qué fue lo que él les dijo, pero vinieron a clases por 2 semanas. Y después fueron a comprar más trapeadores y escobas y jabón y cambiaron el hospital en poco tiempo.
 
Ellas tocaron los corazones de la gente
Las Hermanas limpiaron el hospital y después trajeron cosas de los Estados Unidos, como sábanas, colchones, vendas, jeringas y muchas otras cosas que nos fueron donadas. El Ministro de Salud dio a las Hermanas un premio público. Frente a las cámaras y al público, dijo, “Las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado han cambiado la faz de este hospital y les estoy dando el primer premio.” Luego pidió a todo el país que visite el hospital. Las Hermanas hicieron un excelente trabajo para la gente. El ver la actividad, la forma en que trabajaban, no por recompensas, sino por amor, realmente me tocó el corazón. No solo mi corazón, sino el corazón de muchas personas.

Llegar a conocer el trabajo de las Hermanas
No me gustaba la enfermería. Le tengo miedo a la sangre y las agujas y todo eso. Desde el principio supe que eso no era para mí. Un día, Hermana Margaret me pidió que vaya con ella al hospital para ver pacientes cerca de la 1 de la tarde. En uno de los pabellones, había una mujer amarrada a la cama con sogas. Estaba tan ajustado que la mujer estaba llorando. Hermana Margaret le preguntó, “Alicia,” ése era su nombre, “¿Qué pasa, por qué estás llorando?” Las enfermeras dijeron que la habían amarrado porque estaba siendo mala. Con todos los anillos que tenía en los dedos, les había estado pegando a los otros pacientes. Ella estaba enferma de la mente. Hermana Margaret le preguntó, “¿Qué es lo que quieres?” Ella dijo, “Todo lo que quiero es tomar agua, pero ellos no me dejan; me están castigando.” Hermana Margaret le preguntó de que si la soltaban ella se iba a portar bien, y ella dijo, “Sí.” Todos estaban sorprendidos. Y luego fui testigo de este acto de bondad. Hna. Margaret la desamarró y le dijo, “Después de que hayas tomado agua, te vamos a volver a amarrar hasta que los doctores te den medicinas.” Hermana Margaret les mostró a las enfermeras como administrarle una inyección para calmarla. Les dijo que cuando la mujer se despertara ella iba a estar bien, y así fue. El solo ver esa bondad me tocó realmente.

 
Cuando nos fuimos, le pregunte a Hna. Margaret, “¿Qué hizo?” Ella dijo, “Nada, solo le hablé en voz suave. La gente no necesita que la griten para escuchar. Si gritas, los poner más nerviosos. Pero si les hablas suavemente y con cariño, ellos saben que los amas.” Pensé entonces de que si yo podía ser como Margaret, entonces podría ser una Hermana. Ese fue el único deseo en mi corazón.
 
Por supuesto, esto no fue lo único por lo que decidí entrar a la Congregación. Les preguntaba en clase, “¿Qué hacen? ¿De dónde son?” Cuando escuché que venían de sitios lejanos, que no todas eran de los Estados Unidos, entonces pensé, “¿Por qué no puedo dar mi vida por mi propia gente?” Dios obra de diferentes maneras. Vine a los Estados Unidos por primera vez, a pedido de Madre Fidelis, que era la Superiora. Vine y lo primero que ella hizo fue mandarme a ser asistenta de enfermeras. Tuve que hacer cosas que nunca había hecho. No tuve que usar agujas, pero vi mucha sangre, que tampoco me gustaba, pero tuve que tomar fuerzas de esa manera.
 
Mi decisión de convertirme en Hermana
Decidí que quería entrar a la Congregación y que tenía que quedarme en los Estados Unidos para mi formación. No pude entrar con el primer grupo, porque no sabía inglés. Me tuve que quedar en Beaumont para aprender inglés allí. Después de nueve meses, estaba frustrada. Le pedí a Hermana Amatus que me consiguiera un sacerdote que hablara español. Le pregunté al sacerdote si me podía ir de ese lugar porque quería regresar a Guatemala. El me dijo, “Sí, pero espera un mes.” En un mes había olvidado lo que le había pedido al sacerdote. Madre Fidelis me permitió ir a casa por un mes de vacaciones. Le dije que quería regresar a casa y decidir si quería continuar. Había mujeres trabajando en la Villa que dijeron que yo no iba a regresar, pero regresé.
 
Cuando regresé una Hermana me llevó al Colegio Dominico. Me dijo que ella me iba a cuidar y que iba a aprender. Ella realmente me empujó. Entré al noviciado el 15 de agosto, 1967 con 15 otras en el grupo. Me enamoré de la Congregación. Mi formación tomó nueve años.
 
La primera de Centro América
En1969, hice mis primeros votos. Ese fue el primer año que las Hermanas que entraban no se tenían que vestir de novias cuando hacían sus votos. Fuimos un grupo revolucionario. No solo eso, fuimos al noviciado por dos años y después hicimos nuestros votos anuales en nuestra propia parroquia. Yo los hice en Guatemala y fue un evento grande. Hermana Stanislaus puso un gran anuncio por todo el pueblo, y en todas las iglesias. Mandó invitaciones a la gente en las escuelas. La gente estaba parada en la iglesia cuando hice mis primeros votos. Ellas compraron un pastel grande de tres pisos y me pidieron que lo cortara. Pero era muy alto y pedí que me ayudaran. Fue un día maravilloso. Toda mi familia estaba presente.
 
En 1973, hice mis votos perpetuos en la Villa de Matel. Mis padres no pudieron venir. Nadie de mi familia vino. No pensé en que era la primera Hermana de Guatemala en ese momento. Para mí no era gran cosa. Creo que es la gracia de Dios. Ya seas la primera o la última no interesa, con tal de que respondas al llamado.
 
El Amparo de San José
Siempre había vivido en Guatemala. Cuando estás siempre en la misma situación, no notas muchas cosas. Pero cuando te apartas y regresas, tus ojos se abren. Cuando regresé a Guatemala habiendo vivido en los Estados Unidos, vi cómo muchas personas estaban mendigando y cómo muchos estaban en las calles y en las iglesias mendigando, acostados y sentados, mendigando. Me pregunté, “¿Qué puedo hacer?” Todavía no estaba profesa en ese tiempo, pero sabía que quería unirme a la Congregación. Hablé con Hermana Bernice, que era la Superiora en ese momento, y le dije que quería trabajar con la gente realmente pobre en Guatemala. En la Villa estaba todavía en formación y constantemente trapeando y limpiando todo como parte de mis deberes. No quería limpiar cuando había tantas personas a las cuales ayudar. Es entonces cuando la idea de que podía hacer algo yo misma empezó.
 
Decidí interesar a la gente, para abrir sus ojos y contarles sobre la pobreza. Entonces encontré la idea de que los pobres que vivían en la calle deberían tener un lugar en donde comer y dormir y vivir. La primera persona con la que hablé sobre esta idea fue Hermana Audrey Walsh quien me apoyó. No todas las Hermanas lo hicieron. Hermana Audrey trabajaba en un hospital con un hombre adinerado que dijo que me prestaría el dinero para mi proyecto. El fue la primera ayuda que recibí y fue increíble porque él no era católico o de ninguna religión. Yo me quería subir al cielo de alegría. Con ese dinero fui al gobierno en Guatemala para ver cómo podría abrir un edificio para los pobres. Otra señora y yo empezamos a buscar ayuda de puerta en puerta. Algunas personas accedieron a dar mensualmente, y algunas nos cerraron las puertas. La mayoría de las personas eran amables. Algunos se comprometían a dar 1 quetzal – 1 cuarto en los Estados Unidos, algunos darían 2, 5 y así. Luego un señor dio cerca de 500 cada tres meses. El tenía un buen corazón para los pobres aunque no profesaba ninguna. Que Dios lo tenga  en los cielos.
 
Yo quería ayudar a los que no tienen hogar, a los desdeñados, los abandonados de Huehuetenango. Finalmente, en 1977, con la ayuda de las Hermanas y de la gente de la comunidad, abrimos las puertas de El Amparo de San José, un refugio para los abandonados de Huehuetenango y de las áreas aledañas. Fue un comienzo humilde. Pero cuidamos a la gente que estaba sufriendo. Las Hermanas todavía cuidan a la gente allí, y El Amparo ha crecido.
 
Sirviendo a los necesitados
Nuestros primeros residentes fueron dos viejitas. Una de ellas tenía problemas psicológicos. El doctor me dijo, “Mejor deshágase de ella. Ella es del tipo que en cualquier momento agarra un cuchillo y la mata por la espalda.” Ella tenía esquizofrenia. Llamamos a su hijo, y él nos dijo, “No quiero a mi madre. Ella está muy enferma. Ustedes me están ayudando.” El Amparo se llenó muy pronto.
 
Una de las personas que vino fue un viejito que estaba tan lisiado que no podía caminar. Lo pusimos en la parte baja de la litera. El Hermano Martín nos lo trajo por primera vez y nos dijo que lo habían encontrado encerrado en un cuarto. El estaba sentado sobre su propia orina y todo. Le pusimos frazadas debajo para ayudarnos a levantarlo a la cama. El hombre gritaba cuando lo tocábamos, porque sufría un dolor horroroso. Yo lloraba con él. Un grupo de voluntarios de los Estados Unidos ayudaban a llevarlo al baño y a darle un baño. Luego ellos pusieron una barra de un lado a otro de la cama para ayudarlo a hacer ejercicios. Después de baños tibios y terapias, en los meses siguientes se empezó a mover. Yo rezaba con él para que se sanara y le pedía a una de las señoras que se asegurara que hiciera sus ejercicios. El hizo eso y un día lo pusimos en una silla de ruedas. El era todo sonrisas en la silla de ruedas. Se acostaba en la cama y luego volvía a la silla de ruedas para mostrar que él lo podía hacer solo. El era indio y no podía hablar español, pero estaba muy feliz. Ese hombre salio de El Amparo caminando con las piernas torcidas, pero fue una gran alegría verlo caminar.
 
También recuerdo a un muchacho de 18 años. El vino a nosotros gateando porque estaba muy enfermo. No podía hacer nada más. Solo gateaba. Nos dijo, “No quiero una silla de ruedas, pero estoy seguro que puedo caminar con un andador.” Así que pusimos un anuncio con su foto en un periódico. Un hombre vino de la ciudad y compró un andador muy caro para él. Un día nos sorprendimos de ver al muchacho caminar. Los doctores dijeron que su enfermedad era progresiva, pero por lo menos después de eso disfrutó de la vida por un par de años. El hombre que le regaló el andador dijo llorando, “Estoy contento de ver que una vez en mi vida he hecho algo bueno.” Nos contó que cuando tenía 7 años su mamá era tan pobre que lo mandó a él y a su hermana a mendigar a las calles. Nos dijo que él sabía lo que era ser pobre y lo que él pudiera hacer por alguien lo hacía. Nos dijo que no era porque era rico, sino porque había conocido la pobreza. Una vez compró colchones, camas, almohadas, frazadas, sábanas, todo. Me dijo de que si necesitaba comprar más me ayudaría, y todavía lo hace. Ahora este hombre es un Asociado de nuestra Congregación.
 
Sobre los Asociados CCVI
Los Asociados fueron fundados en Guatemala por Hermana Rose Scanlan. Ella empezó con la ayuda de Hermana Ambrose. Cuando me pidieron que tomara el lugar de Hermana Rose en ese ministerio, los cuidé y hablé con ellos. A ellos les gustan las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado por lo que han visto que hacen en los hospitales. Ellos conocieron a Hermana Stanislaus y a Hermana Margaret, por eso estaban gustosos de apoyar a las Hermanas. Cuando las Hermanas vinieron, abrieron una escuela de enfermería. Hna. Dermot graduó como a cuatro grupos, y luego Hermana Rose se hizo cargo. Hermana Paulette entren a técnicos de laboratorio y algunos de ellos tienen sus propios laboratorios ahora. Las Hermanas han dejado su marca allí. La gente realmente las quiere. Las Hermanas nunca fueron orgullosas. Ellas fueron con el buen deseo de ayudar, no de humillar a la gente, sino a ayudar. La gente todavía recuerda eso.
 
Una última nota
Me gustaría decir que aprecio la ayuda de las Hermanas de los Estados Unidos. Ellas siempre están interesadas en nuestro país. Ellas se preocupan por él. Agradezco mucho el trabajo que hacen.